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Delicias y Acuario

Lo único que aprendió en terapia fue aquello de "el dolor no existe", cosa que él ponía muchísimo en duda y que, sin embargo, repetía como un mantra cada vez que algo no funcionaba como debiera en cuanto a sus índices de bienestar estándar se refería. El dolor de cabeza es una falacia. No existe la jaqueca. La tortícolis es un invento de los judíos. Según le enseñaron, lo más eficaz era, mientras repetía la frase, pensar que el dolor era una bolita de plastilina que se encontraba en la sien y que era perfectamente moldeable, para así ir haciéndola cada vez más pequeña y acabar extirpándola del cerebro. Pero, claro está, parecía que todo era mentira. El dolor dolía y no cabía mucha más discusión al respecto. El procedimiento, tras la lobotomía de broma que se practicaba, era tomarse una aspirina con un poco de agua. Algo clásico, que casi siempre resultaba ser un trabajo bien hecho, de una calidad a la altura de lo que él podría esperar de sí mismo. Por lo que a él respecta, sin embargo, la perfección con la que ejecutaba la toma de la medicación no respondía a las expectativas de placer posterior que normalmente se creaba, por lo que decidió (o decidirá, porque, a pesar de lo que puedan creer, esta historia no está basada en un hecho real ni nada por el estilo; más bien todo lo contrario, me la estoy inventando al tiempo que escribo -tal vez un poco antes, cuestión de segundos-) salir corriendo de puntillas por las escaleras de incendios, volver a subirlas para recoger su paraguas y, esta vez sí, bajarlas de forma normal y correcta ante la sorpresa de los allí presentes. Tras tirar el paraguas en el primer contenedor de material orgánico que vio (porque el color de estos contenedores era mucho más placentero para su vista), decidió que miraría al cielo, en el que se encontró, como no podía ser de otra manera, un cuarteto de cuerda interpretando la Grosse fugue de Beethoven, señal que interpretó claramente como prueba inequívoca de la importancia no concedida al lumpemproletariado en la lucha de clases en el siglo XIX. Tras esta sucesión de acontecimientos acaecidos de forma totalmente ordenada, lógica y efectiva, decidió que lo primero que tendría que hacer a partir del día después del día después del día en el que se encontraba (o pasado mañana, si todo esto que aquí se relata sucede hoy, como comprenderán) era escribir un best-seller en el que se hablara de obras de arte muy bonitas, de la cultura ciberpunk y todo ese royo que, a decir verdad, le aburría un poco, y de esas nubecillas que a veces te empañan el ojo cuando llevas mucho rato usándolo seguido, pero que son la mar de divertidas. Y también pensó, mientras se ataba los cordones del zapato izquierdo con los del derecho (y viceversa), que tendría que escribir con frases como más cortas y directas, que según decían, daban mayor trascendencia al relato y desasosegaban bastante al lector, que inmediatamente pasaría a llevar consigo el adjetivo de "ávido" y él pasaría a llevar colgado junto con un pin de las Olimpiadas de Barcelona ´92, el cartelito de enfant terrible. Y entonces no pararía nunca de sacarse brillo a las uñas y darle besitos a su teclado inalámbrico. Lo cual, bien pensado, no estaba del todo mal.


W.


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Posted by: dfew e345- en: 9 de Febrero 2008 a las 09:58 PM

exprime tu cerebro como si de un limon se tratara, recurre a los mas perversos recuerdos, llora aunque no sepas por que, jamas olvides la nostalgia por que no seria justo para el mundo ver que dejaras de escribir.

Posted by: pekeña v en: 6 de Julio 2008 a las 05:37 PM Escribe un comentario









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